DIA 4
Hoy es el último día en tierras galas y acordamos con nuestros amigos hacer algo de carácter cultural.
Hay dos propuestas principales sobre la mesa, la primera es subir a la Torre Eiffel y la segunda visitar la catedral de Notre Dame. Para ambas cosas sabemos que nos va a tocar hacer cola (pero vamos, tan seguro como que nos encontramos a alguien borde) pero dado el carácter tan apacible de los últimos días, temo que de subir a la torre alguno de nosotros le dé por intentar el doble salto del ángel con tirabuzón inverso desde lo más alto, así que optamos al final por Notre Dame que además de no haberla visto ya tres veces en tres días resulta de un interés histórico superior.
Al llegar, como no podía ser de otra manera, nos encontramos con la clásica riada de gente aunque parece ser según comentaban que era “poca cosa” puesto que era lunes, por lo que entendimos durante los fines de semana la cola da la vuelta entera a la catedral que es cualquier cosa menos pequeña.
En la tediosa espera nos dedicamos a sacar fotos de gilipolleces mientras nuestras adorables mujeres marchan de forma errante y errática entre los numerosos puestecillos a pie de calle que proporcionan recuerdos de la bonita ciudad tan prolijos en cantidad como en importe, no así en calidad.
Si nos está leyendo el tipo inglés ese que se nos coló intentando disimular que sepas que SI, nos dimos cuenta, y SI, me he quedado con tu cara, como te vea por ahí y estés haciendo cola, el rubio que se te va a colar soy yo.
Después de casi unas dos horas (todo un record de rapidez) llegamos a la entrada…. la entrega del importe para la misma ha de hacerse en la cantidad EXACTA y son 8 € por cabeza (así, baratito). Como ya estamos duchos en las costumbres del lugar, le facilitamos 32 € EXACTOS a la tipa de la taquilla (concretamente un billete de 20, uno de 10, y dos monedas de 1) tras lo que nos facilita una tira de tickets y empezamos a subir la escalera, momento en el que oimos increpaciones provenientes de la taquilla… extrañados miramos los tickets y vemos que sólo hay tres…. ¡Nos ha sisado los 32 € y nos ha dado TRES tickets!, y por aquí sí que no paso, conozco perfectamente la diferencia entre un “ménage à trois” y un “ménage à quatre” y por ende sé distinguir perfectamente entre un número y otro.
Cansados de discutir y hasta las narices de la incompetencia francesa exclamamos que si quieren reclamar, que nos busquen arriba y pregunten por el maestro armero, que nosotros nos vamos, así que ahí dejamos a la retrasada que no sabe multiplicar y al resto de espectadores estupefactos… ¡perfecto estilo francés!.
Las escalera de subida sólo son comparables a las de bajada (que por alguna razón que no comprendo me parecieron incluso más largas). Son de iguales características a la mente de la mayor parte de jefes/directivos que haya conocido, estrechas, oscuras, molestas y retorcidas. Sólo cuando las abandonas es cuando ves la luz al final y sabes que llegas a algo interesante.
Hay dos niveles para contemplar, el primero crees que está alto, pero es en el segundo donde te das cuenta de que redefine el concepto. Te puedes hartar de sacar fotos de panorámicas en cualquiera de los dos y hay que hacer una mención especial a las gárgolas que decoran toda la fachada (son de lo más variopintas y muy bien trabajadas). Dejaremos es un discreto segundo plano la campana que puedes ver tras acceder por una puerta para los enanitos de blancanieves, y suponiendo que tengas visión nocturna claro, porque la iluminación de la salita es paupérrima, que digo yo que con los 8 € de una entrada les da para poner alguna bombillita y que podamos ver algo.
La vista desde lo alto es sencillamente espectacular. Casi 360 grados de completa panorámica (hay un trozo que lo tapa otra parte de la propia catedral) y vistas a TODO lo bueno (barrio latino, la torre de las narices, el Sena, etc, etc, etc). Aquí los amantes de la fotografía se pueden hartar a tirar fotos porque además, en contra de todo lo previsto, ¡no había ningún toca pelotas dando por saco!, increíble pero cierto.

La cara que se te queda de lo alto que está
Mientras estamos en lo alto, podemos planificar nuestros siguientes movimientos. El primero sería liberar nuestro yang de forma calmada, lo que se conoce por “ir al meódromo”, y podemos ver cómo hay unos baños públicos justo al lado de la catedral (menos mal que están bajo tierra porque habría quedado muy cutre si no). El segundo sería ir a comer, y vemos que el barrio latino (ampliamente recomendado por variedad, precio y calidad) está justo al alcance de la mano.
Tras la sesión de fotos descendemos a los infiernos, o esa sensación me daba a mi, y salimos derechos a liberarnos de nuestras cargas internas. La experiencia no pudo ser más interesante.
Obviando el hecho de la cola de mujeres, que ya sabemos que no es noticia, el baño de hombres estaba vigilado en su entrada por una mujer que oteaba el de ambos sexos. Cuando digo que oteaba me refiero a que cual guardia de tráfico dirigía nuestros aparatos excretores con marcial eficacia. Como todo el mundo sabe no estoy en contra de la eficacia ni el orden, pero que esas cosas se den cuando se trata de mi… bueno, de mi pequeño yo, y que me estén mirando cómo hago o la calidad de lo que hago, pues como que resulta un poco desagradable. Lo aguantaba mal cuando tenía 3 años y era mi madre o mi padre, pero peinando ya canas arriba y abajo es algo que resulta insalvable.
Tentado de darle una muestra de recuerdo a la “controladora miccional” mi colega me recuerda que estamos sin comer y no podemos permitirnos pasar unas horas detenidos por escándalo público.
Al barrio latino pues… y con latino me refiero por supuesto a turco, moro, griego, hindú, sahariano o cualquier otra cosa menos la región de Latia, porque sólo el nombre creo que pudimos encontrar.
Tras indagar en varios establecimientos, decidimos entrar en un tailandés puesto que desconocemos la comida y nuestros amigos ya han pasado por ella (en Tailandia para más señas) y dan su visto bueno.
Irónicamente y con mucho pesar por nuestra parte, al final resulta la comida mucho maś de nuestro interés que el de ellos, siendo un conjunto de platos muy aromáticos y con gran mezcla de texturas e ingredientes poco habituales en la cocina occidental. Automáticamente se convierte en el restaurante segundo en mi lista y primero en la de mi mujer, que es más de eso tipo de cocina.
¿El precio?, nada escandaloso, comimos un menú del día y fue bastante económico.
Tras la comida, bajamos la misma con paseo por la zona, fotos por un lado, fotos por otro, puestecitos de los moros, y miramos el reloj porque va tocando la hora de irse, y tal y como están los franceses como para llegar tarde al aeropuerto. Así que salimos con MUCHO tiempo, maletas en mano, a ver si conseguimos llegar ya a Madrid sin contratiempo.

La poli francesa repartiendo amor
Tras un autobús, un tranvía y un tren que nos dormimos muy agusto, llegamos con más de dos horas de antelación al aeropuerto y como niños buenos vamos a hacer el checking de las maletas.
No dicen lo que ya sabemos, que tenemos que meter las maletas de equipaje de mano en el artilugio infernal que tienen en todos los aeropuertos, el problema es que una de las maletas que tenemos va MUY justa (pero da las medidas) así que las pasamos putas hasta que entra, pero entra… el resto de maletas todas ellas requieren hacer el movimiento de vaivén para conseguir meterlas.
Y como no, aquí la tuvimos que tener… otra vez, que facturásemos la maleta, que eso no entraba. Al enseñarle esto al eslabón perdido que nos estaba atendiendo:

La puñetera maleta
Nos dice que no, que es que la hemos metido que si tal cual que si pascual…
Le decimos cortésmente que la maleta da la medida que si tiene un metro lo puede comprobar, la payasa me dice que no tiene metro en un inglés salchichero (me too para decir me either, no me extrañan nada los conflictos internacionales), le decimos que por otro lado está dentro del artilugio que especifica que “si entra aquí dentro, te la llevas en el avión”, no sirve de nada.
Ya empezamos a calentarnos, hablamos con unos con otros, les chorreo en inglés, nos cagamos en francia y en sus madres, nada. Parece una causa perdida intentar encontrar un atisbo de vida inteligente en esta ciudad, así que la mujer del matrimonio que estaba con nosotros tiene una excelente idea… hagamos el capullo.
Nos ponemos delante de ellos a sacar todo, hacemos el paripé muy ofendidos, como que vamos a tirar la maleta después, yo incluso pregunto dónde puedo dejar la maleta sin que se piensen que es una carga de 15 Kg de amonal (que por otro lado cada vez se me antoja más y más atractiva).
Nos vamos del mostrador de los monos y nos tomamos con calma una hamburguesilla y unos cafés (ellos, yo tenía demasiado cabreo para poder hacerlo) y volvemos cuando el terminal es un caos, con todas las maletas incluyendo la nueva que habíamos sacado y la de la discordia.
El tipo del escáner debió flipar cuando pasó la maleta al no llevar nada de nada.
Pero ahora mágicamente ya no incumplía ningún tipo de normativa y cabía perfectamente en todos los sitios que probamos (escáner, compartimento del avión, etc, etc, etc) incluso en varias ocasiones el margen era más que generoso.
Habiendo aprendido la última lección sobre aeropuertos (llegar tarde es malo, llegar pronto también) y sobre las azafatas francesas (follan poco y se creen que todo es mucho más grande de lo que realmente es… lo que no dice mucho a favor de sus amantes…) tomamos el avión sin poder contener las ganas de llegar.
Al tomar tierra estuve tentado de besar el suelo patrio, pero un lardo en todo el medio (signo muy español) hizo que descartase la idea rápidamente.
Hemos llegado, hemos sobrevivido… ¿Volver?…
Que vuelva su puta madre.
FIN.