DIA 1

Llegamos al aeropuerto (Charles de Gaulle) sobre las 10:00 AM, con intención de aprovechar el día y poder estar en París en un tiempo razonable… el aeropuerto nos da una impresión neutra, ni viejo ni nuevo, ni espectacular ni cutre, sencillamente correcto. Nos dirigimos como centellas a nuestra primera misión, obtener los títulos de transporte que nos permitirán usar todos los medios de París por la módica cantidad de 48 € por cabeza y cinco días en total (una ganga, oiga).

La primera en la frente, tras la aparente modernidad de una máquina autómata de obtención de billetes (con una rueda de selección que parecía sacada de una película de los Picapiedra) se encontraba un aparato de mierda que no funcionaba en idioma, moneda o tarjeta de crédito alguna… tras unos minutos en los que llegamos a la conclusión de que no éramos nosotros sino la basura de terminal lo que no llegaba al mínimo exigible, desistimos y procedemos a la estación para ver si teníamos más suerte allí.

Al llegar conocemos el primero de los “rasgos distintivos” de París, las enormes colas de gente para hacer cualquier cosa; en esa ciudad se hace cola para acceder a la cola que accede a la entrada de lo que sea…
Tras casi dos horas de espera, al final conseguimos las tarjetas de marras. Procedemos raudos a coger el primer transporte (un autobús lanzadera) que nos dejará en París para luego (tras algún metro y autobús) llegar al hotel; aquí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.

Mientras esperamos nos damos cuenta de un regalito que acabamos de pasar por dos aeropuertos:

Esto ha pasado por dos escáners

Esto ha pasado por dos escáners

El metro nos resulta toda una experiencia; cual viaje en el tiempo a los años 50 o 60 en Madrid, nos encontramos con estaciones vetustas, azulejos cutres, vagones prehistóricos y … ¡¡RUEDAS!! Sí, señor, aquí sí le puedes decir al jefe que no has llegado a tiempo al trabajo porque “ha pinchado el metro”. Lo mejor, descubrir que el metro de París es mucho más saludable que el “Wii Fit” para los ejercicios cardio-vasculares, ya que, aparte de las prácticamente inexistentes escaleras mecánicas o ascensores (y cuidado con estos últimos porque están TODO el día subiendo y bajando solos… estés dentro, fuera o EN MEDIO de la puerta), el metro parece que lo hubiera diseñado un niño de año y medio con un rotulador Carioca y un mapa topográfico por niveles: prepárate para subir y bajar de continuo.
Esto, unido al hecho de que todo París parece haber sido concebido para andar con botas (prueba el calzado fino que llevaba yo encima y verás lo que es divertido), hará que nunca hayas tenido más resistencia en tus pies y muslos, te dejará un culito firme en pocos días.

Lo que inicialmente pensamos que nos iba a costar 2 h al final acaba resultando más de 4, pero al llegar al hotel deshacemos el equipaje y estamos listos para explorar París.

Hoy, día tranquilo, vamos a ver el Arco del Triunfo y el monumento a la viagra egipcia (que está justo enfrente así como quien dice, bajando la calle)… y si, allí estábamos nosotros y por lo que pudimos ver, también media Europa, tres cuartas partes de Asia, cuarto y mitad de japón y tres cuartos del resto de sitios demasiado extensos para mencionar ahora. Tras noquear hábilmente a un par de japoneses y una anciana china (pequeña pero matona… como mordía la japuta) conseguimos algunas buenas fotos justo antes de que perdiera el conocimiento debido a los golpes en mi cabeza de los teleobjetivos de mis rivales (y sus trípodes, o eso espero que fueran).
Tras un paseo, como quien dice, calle abajo, vamos a ver la torre esa de hierros y a hacernos más fotos (si nos dejan) allí. Todo bien, pero como a esas alturas mis pies y los de todos claman auxilio por momentos, decidimos que va siendo hora de volver al hotel.

Así que allí vamos, camino del mismo, con mi espalda en lucha constante con mi bazo y colon, lo cual realmente no es un problema porque el constante dolor punzante que recibo en mis pies debido a los adoquines del camino sumado al hecho de estar constantemente subiendo y bajando escalones ayuda mucho a desviar la atención de algo tan mundano como mi paraplejia incipiente.

Una vez alcanzamos por fin la comodidad del hogar (home sweet home) decidimos que sería una buena idea dar una oportunidad a la gastronomía local.
La gastronomía local estaba cerrada así que tiramos del establecimiento más cercano y puesto que tenemos el día de comida basura el Kebab que hay justo enfrente del hotel parece una gran idea. Aquí me permito establecer una de las normas a seguir siempre en París:

NUNCA, repito NUNCA, comáis NADA, ni bebáis NADA de un Kebab en París.

Una de las comidas más repugnantes de mi vida (y he comido mucho) por no mencionar en detalle el “Panini Vegetal” más “light” que he visto nunca (tan “light” que de vegetal sólo tenía el nombre… y el de panini tampoco era muy descriptivo de semejante engendro).
En cuanto al precio, probablemente si estuviéramos hablando de un coche habría pagado por un Mercedes serie C y me habrían dado un Panda del 87 con una de las ruedas sacada de un carro de mercader del siglo XIII.

No pasa nada, a la cama y mañana será otro día.