La filosofía oriental muchas veces es infalible.

Una de las cosas que más me ha sorprendido siempre es el tema del Karma. ¿Será verdad que lo que hacemos, fundamentalmente las putadas, tienen repercusiones a largo plazo?.

Pues va a ser que es cierto.

Tras el sermón del jefe sobre nuestra falta de previsión al enfermar, resulta que el gran poder cósmico decidió encarar las cosas contra él.


Un buen día llegado a la oficina me dispongo a rellenar y mandar esos mails llenos de informes estúpidos que sólo sirven para apretar los culos de los de arriba, que lejos de estar interesados en mi trabajo, lo quieren lo más lejos posible, pero las fechas, plazos y cifras les ponen cachondones.
Así que pierdo una hora en la que podría haber hecho algo más productivo – como una torre Eiffel con palillos – y mando toda esa colección de absurdos comentarios.

No hay respuesta.
Pasa una hora… nada. Llamo al teléfono móvil, nadie responde. Llamo a la oficina, ¡coño, no hay nadie en la oficina!. Ya me parecía a mi raro pasar del email cada 5 minutos a 0

Y así pasan las horas, y yo desesperado… (como en la canción), no me habría importado una mierda de no ser porque necesitaba confirmación por parte suya para la continuación del proyecto, más correcto sería decir bendición, porque difícil es confirmar algo de lo que no tienes la más remota idea de cómo funciona.

Hasta la punta de mi paciencia de esperar decido ponerme en contacto con todos los de mi departamento y, tras muchos intentos en vano – nadie sabe nada -, por fin me encuentro a alguien que SI sabe algo.

Mi jefe está enfermo… por supuesto ni ha avisado, ni ha buscado reemplazo, ni le importan ahora las “sanciones económicas y/o de prestigiolevesperoexistentes” que tanto le importaban cuando YO estuve en su situación actual.

Mi vena del cuello se hincha por momentos, se acelera el pulso, recuerdo esos momentos míos en casa con fiebre respondiendo mails de trabajo – porque todo era muy urgente para esperar a que respirase normalmente – y me imagino soteniendo la cabeza del “paciente” sobre un rallador de queso.

Sólo espero que escupa sangre los días que le dure la gripe. Y que no se preocupe porque nos olvidemos de él, que yo le tengo muy presente en mis oraciones… satánicas.

Me voy a casa a disfrutar de mi semana de vacaciones de la que seguro no recuerda nada… veremos qué cara se le queda cuando me llame al móvil y esté desconectado.